No sé qué horas eran, ni qué día, ni qué mes, qué año, acá todo es igual, da igual el año, el mes, el día, la hora, el caso es que estaba y estaba pasando sin hacer nada – por poner una hora digamos las ocho, las ocho de la mañana-, estaba pasando paseando sin hacer nada por el Colón. Y sin saber por qué, sin motivo me quedo mirando esa estatua con su dedo obsceno señalando hacia allá, hacia ningún lado, cuando de pronto, así del la nada, entre el montón de pinos que rodean la estatua veo un zapato y después una mano y luego un brazo y un codo y una cabeza y al ver la cabeza reconozco a mi amigo o conocido o lo que fuera, a David y yo “David hombre!, hermano, qué hace usted por ái botado güevón, no me joda” Y el hombre ahí, sin levantarse, sin despertarse, sin inmutarse “mosquéese, marica” pero nada el hijueputa dormido, domado. Al final lo levanté y como esa mañana me había levantado temprano porque el día anterior no había hecho nada y ya me estaba empezando a aburrir y por darle un lección al borracho este maricón que no me había invitado a salir ayer– si es que era desde ayer que llevaba ahí tirado y no desde anteayer o anteanteayer- me lo llevé a uno de los cafés que están por ahí en la calle San Pablo y tome que tome, por hijueputa!
Y dele que dele, como si rodáramos, de un bar a otro, de arriba abajo y ¿qué horas eran? pues ni idea pero era temprano y era temprano antes de las doce del día y nosotros dos ahí borrachos, emborrachándonos. De la calle Colón pasamos a la plaza de Anaya y me acuerdo del frío que teníamos los dos, un frío ni el verraco, un frío furioso, mamón, de esos que no hay por allá, por la patria, por Colombia. Y vimos los pinos inmensos, encorvados y yo empiezo “Uy, hermano, vea, usted no ha visto cómo se pone esto de noche, una chimba, una verga pero verga en serio serio serio: todo oscuro todo misterioso, como místico y usted ve los árboles y ve la facultad y ve la catedral como una ballena gigante disecada ahí quieta, pero una ballena hombre, un balleno inmenso y deformado con sus cien falos estirándolos al cielo, arrecho, güevon, como dicen acá: cachondo” y él diciendo que no, que no la había visto, que fuéramos a un bar que se estaba congelando con este frío furibundo que no hacía en la patria y a petición suya nos fuimos a otro bar, pero esta vez en otro lado.
Por ser dizque originales le dije que nos largáramos para Van Dick y el hombre como sólo estaba de paso, visitando el muy descarado, que listo, que hecho que para donde yo quisiera, que todavía era de día y que después de eso él mandaba: yo le seguía la corriente porque el degenerado no sabía ni lo que decía: ¿él guiarme a mí? a mí en Salamanca, él que no había estado acá en su vida y que cuando en Bogotá decía que me iba a llevar a su casa siempre al final me tocaba guiarlo a mí porque el muy despistado se perdía “que es por la séptima Jacome y no por ái” y yo “sí, es por la séptima pero es que por ái se va a la séptima” y al final la mamá agradeciéndome que lo hubiera acompañado, que no me imaginaba lo que ella sufría viéndolo bajar y subir las escaleras cuando por las noches el pobrecito se levantaba a la cocina y a la vuelta no encontraba su cuarto…
Terminamos en un bar cuyo nombre ya no recuerdo, una cantinucha de mierda, de alcohólicos, de esas que están abiertas día y noche y a las que acuden todos los jubilados alcohólicos que no tienen nada más que hacer sino emborracharse. Nos atendió un viejo gordo de los de siempre: que qué quieren y nosotros que lo que sea y así nos fue, nos tomamos de lo que sea como diez copas y terminamos dizque nostálgicos cantando canciones de la patria en una de las mesas y de la nada David empieza “Uyyyyyyy! Ya me acuerdo de lo que hice ayer, vea: se acuerda de la vieja esa que conocimos el día que llegué a visitarlo, ah, no, espere, espere, eso fue después, antes estuve con usted, no? o no, sí, a pues, entonces fue después de eso. Vea salí con Imali, el italiano, ése con nombre africano o algo parecido, su amigo, y nos fuimos a la casa suya y empezamos a tomar y a tomar y el man había invitado a dos viejas, dos jóvenas, bien buenas o no, mentira, estaban horribles: un par de gurres asquerosas. El caso es que Imali y yo, arrechísimos, empezamos a coquetearles, a levantárnoslas y de pronto una de las viejas sale con un cuento más raro que el putas: resulta que la loca estaba enamorada de un man por ahí del Chocó, una sueca, enamorada de un man del Chocó que había conocido acá en Salamanca hacía dos semanas pero que el tipo había desaparecido sin dejar rastro y que ella creía que estaba embarazada de él y no de su novio (porque tenía uno) pero que ese no era el problema o sí, también, pero no el pricipal. El principal problema era que el negro del Chocó, porque era negro, tenía una verga ni la hijueputa, es decir, un FALO, me entiende? una polla que abarcaba como yo no sé cuántos centímetros y que ahora cuando follaba con el novio no sentía nada, nada, absolutamente nada y es que el mayor problema no era ése, el mayor problema era que el negro le había enseñado a hacer cosas con el ano, mejor dicho: se la había sodomizado hasta más no poder y la pobre le había cogido gusto y no podía hacerlo con su novio porque resulta que su novio pertenecía a una diócesis y no consentía ni siquiera el sexo premarital, que por eso ella y él al principio se mataban a pajas antes de que ella lo amenazara con dejarlo si no empezaban a follar y claro el hombre cedió y ahora dizque estaban felices hasta que el negro ese apareció con su FALO y su afición a la sodomía y ahora ella no podía dejar de pasar un día más sin que le dieran por el culo, así que con muy buenos modales nos pidió a Imali y a mí que si alguno tenía la piedad y la humildad y sencillez y caridad cristiana, sacara su pene y comenzara la acción. El problema fue que en ese momento su amiga escandalizada empezó a ponerse nerviosa y la sueca empezó a gritarle y a decirle que no fuera egoísta, y etc etc… el caso es que una vez logramos calmarles los ánimos al par de locas salimos todos juntos de fiesta y de un bar a otro como es la costumbre española y la gente yendo y viniendo por todas partes borracha, cuando de pronto, de la nada, aparece, justo en el momento en que cruzábamos la plaza, el negro chocuano o, mejor dicho, eso pensamos porque la sueca se le lanzó en medio de su borrachera encima y empezó a dar gritos como una posesa…al final resultó que ese negro era un nigeriano amigo de un amigo de ella que había conocido de cerca el caso de ella con el colombiano ese del FALO y ella le estaba preguntando que si lo había visto, que si sabía de él y, de paso, así, aprovechándose de la coyuntura, le pidió que le diera por el culo, claro está, siempre con muy buenos modales. La vaina acabó con que el negro y la sueca terminaron metidos en el edificio que está en reconstrucción ahí en San Justo. Y mientras Imali, la española y yo nos ibamos a otro bar, ella, la sueca, solucionaba sus asuntos anales. Estando en esas nos dirigimos al Pani (porque se suponía que ahí íbamos a encontrarnos con unos españoles amigos de la española cuyo nombre ahora que me acuerdo era María en Gracia, jajaja, María en Gracia, imagínese ponerle usted a su hija, María Embarazada o María en Desvirgación), de pronto antes de que llegáramos al bar nos encontramos con que un degenerado de esos borrachos que no encuentran límites se puso a escalar hasta una de las terrazas. No sé cuánto tiempo perdimos en ver al tipo ese subir y gritar frases incoherentes como “Yo soy Er y vengo a hablar de lo intangible, de lo eterno” pero fue por una vieja que estaba ahí, cuyo nombre era Visitación (presumiblemente española como se puede ver jajajaja) que supimos que el hombre ese se había caído de un cuarto piso por culpa de su hórrida costumbre de escalar todo lo susceptible de ser escalado sólo cuando estaba borracho y había quedado en estado de coma durante un día y que al despertar había contado una historia maravillosa, increíble, y que a partir de entonces no había parado de repetirla. Pero justo cuando iba a empezar a relatarla nos acordamos de los amigos de Mary in Greece (así fue como le empezamos a decir después de una sugerencia divertida de Imali), pero ya para cuando llegamos no estaban, sin embargo la que sí estaba era la sueca pero en un estado deplorable: la encontramos vomitando en el baño y nos tocó sacarla y llevarla a la casa de Imali para que durmiera…”
“Oiga, pere, hermano, se nos acabó la bebida, camine adonde Imali a ver en qué anda y así no ahorramos unos pesitos” Y dicho lo dicho salimos para la casa del italiano.
Y el hombre, el italiano Imali, con sus dos metros de altura y con el peso de su nombre africano o árabe o lo que fuera, nos abrió la puerta y nos invitó a seguir. Que qué bueno que hubiéramos llegado porque se estaba cocinando una costilla inmensa de cerdo que no se la iba a poder comer toda él y que también qué excelente porque tenía un vino y tres invitados con los cuales se podía llenar la mesa grande del salón y hacer un buen y elegante banquete o mejor un simposio y con ojos iluminados “Y cada uno hace un discurso y habla sobre un tema que le guste, pero necesitamos un simposiarca para que controle a las personas y lo que tienen que decir y la cantidad de vino que debe beber cada persona ya que el tema en torno al que vamos a discurrir es importante” David con los ojos bien levantados oía desde su pequeña altura la voz larga de Imali y mientras llegaban los otros y esperábamos a que se terminara de hacer la comida, e Imali “te perdiste de la gran noche, QUÉ NOCHE, qué noche, y las españolas con sus piercings, las potemkianas aaaaaaaah, las potemkianas, pero lo mejor fue ese que se creía Er, Jacome, el de la República, ER!, jajaja, que conocía lo eterno, lo inmutable, lo absoluto! Yo conzco a ese tío y su historia, sabes lo que dice?, es increíble, in-cre-í-ble, una pasada! Este hombre (un tipo que escalaba los edificios como tú y que se había caído y había estado en coma y ahora predicaba una visión que había tenido durante el lapso de tiempo que había durado el trance) cuenta que durante el tiempo que pasó en coma...”